Ulises Carrillo y Gabriela López*
En julio del 2000, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió el poder como resultado del primer ejercicio de alternancia política de la transición democrática mexicana. Desde ese momento, el PRI parecía iniciar una ruta en terreno político desconocido, algo que se agudizó con la nueva derrota del 2006. Sin embargo, el fenómeno de partidos dominantes desplazados del poder como resultado directo del proceso democratizador ha sido tan recurrente en los últimos 20 años, que la ciencia política se ha visto obligada a construir una categoría académica para su estudio: la categoría de los partidos sucesores .
Un partido sucesor es uno que gobernó como partido dominante en un ambiente parcialmente autoritario, que disponía de alianzas corporativas con centrales obreras y campesinas y cuyas estructuras y recursos estaban, al menos en parte, confundidas con las del Estado. Sobre todo, un partido sucesor es una organización política que no se desintegró o declinó de forma definitiva después de haber perdido el poder en una elección democrática. En esa categoría de partidos dominantes que sobrevivieron a la derrota electoral y apostaron por su regreso al poder, se clasifican por lo menos 14 casos contemporáneos en Europa del Este y el Sudeste Asiático y, por supuesto, se incluye al PRI.
Los partidos sucesores han tenido diversos niveles de éxito en su reorganización y regreso al poder. Algunos, como el SDLP en Polonia y el MSZP en Hungría regresaron al poder apenas en la segunda elección después de su derrota. Otros partidos como el Kuomintang en Taiwán y el SDL en Eslovaquia no han logrado regresar al poder, pero mantienen un papel central y competitivo en el sistema político. Finalmente, existe el caso de partidos sucesores que no pudieron emprender una reorganización exitosa y se han convertido en fuerzas marginales, de ellos el caso más emblemático es el KSCM en la República Checa. Así, en los párrafos por venir se analizan las aportaciones de autores especializados en el estudio de los partidos sucesores: Grzymala-Busse (2002), Ishiyama (1999), Mahr (1995), Cheng (2006) y Carrillo (2002) y que han identificado los temas centrales para reorganizar con éxito a un partido de esas características.
El primer factor que se ha identificado para explicar el regreso al poder de un partido sucesor es su densidad organizacional . Esta medida no es sino una expresión de dos variables: qué porcentaje de sus candidaturas nominan a militantes y qué porcentaje de sus votos totales provienen de militantes y estructuras corporativas afiliadas. Mientras mayor sea la densidad organizacional de un partido sucesor, su desempeño electoral tenderá a ser más pobre. Los partidos sucesores, al ser la continuidad de un partido dominante, mantienen ciertas características corporativas que les dificultan conquistar el respaldo de ciudadanos no afiliados a las organizaciones sociales tradicionales y, precisamente, ese tipo de ciudadanos son la mayoría que otorga los triunfos en las democracias en transición. En el caso específico del PRI, evitar el obstáculo de una densidad organizacional inadecuada para el nuevo contexto democrático significa ciudadanizar el partido. Muy específicamente, retirar sus denominados "candados" a nominaciones de candidatos ciudadanos. En esa ruta la evidencia polaca, húngara y búlgara es contundente, evitar que el partido se convierta en un bastión acotado a los militantes es el primer factor a controlar para un buen desempeño electoral de un partido sucesor.
El segundo gran factor es la relación con centrales obreras, campesinas y sindicales en general. En este punto la experiencia internacional es clara: para regresar al poder los partidos sucesores requieren mantener su estructura de organizaciones afiliadas. Para el PRI ello significa detener la diáspora de organizaciones que alguna vez representaron una estructura territorial y de operación electoral con enormes ventajas frente a cualquier otro partido. El KSCM en la República Checa, abiertamente menospreció a las organizaciones afiliadas e intentó mantenerlas en línea empleando un discurso y presiones que ya no eran relevantes en el nuevo contexto. La ruptura que sobrevino entre el KSCM y las principales centrales obreras es, para muchos autores, uno de los factores centrales para explicar el colapso electoral de dicho partido.
Sin embargo, la relación con las estructuras afiliadas, cuando fue exitosa, tuvo dos características que no se deben omitir. Primero, se estableció una nueva alianza con nuevos arreglos de espacios, equilibrios y compromisos de lealtad acordes con el nuevo tiempo y, segundo, las organizaciones afiliadas emprendieron sus propios procesos internos de democratización y reforma. Lo anterior tuvo, a su vez, dos objetivos: 1) impedir que las organizaciones afiliadas 'chantajearan' al partido con reclamos de espacios propios de un pasado corporativo y tuvieran juegos dobles o triples con otras fuerzas políticas y 2) que las organizaciones afiliadas, al modernizarse, siguiesen constituyendo una ventaja en la estructura electoral, sin ser percibidas abiertamente como un aparato de un pasado autoritario y corporativo ya no deseado. Para el PRI, este aspecto significa actualizar su alianza con instancias como la CNC, la CTM y el magisterio, por poner algunos ejemplos; al tiempo de impulsar procesos de modernización en esas organizaciones. La opción no es sencilla, pero la literatura muestra que este paso es esencial y, sin duda, el caso polaco debe ser un marco de referencia para quien esté interesado en el ejercicio.
El tercer factor para el éxito de partidos sucesores es una refundación ideológica y el cambio de denominación política. La totalidad de los partidos sucesores exitosos o que han mantenido relevancia política, emprendieron la adopción de una nueva fuente ideológica y de un nuevo hito que explique su fundación. Lo mismo ha ocurrido con su denominación, con la única excepción del Kuomintang en Taiwán. La adopción de un nuevo compromiso ideológico y siglas partidistas ha sido fundamental para hacer creíble el cambio y reforma interna frente a la ciudadanía, numerosos estudios de opinión pública muestran la validez del argumento (Orenstein, 1998). En México, donde el 50% de la población es menor de 23 años, es decir, nació después de 1983, es obvio que el hito fundacional de la Revolución Mexicana requiere elementos complementarios. Adicionalmente, y sólo como ejemplo didáctico, debemos decir que si en 1929 se fundó el PNR, nueve años más tarde, en 1938, ya se había transformado en el PRM y sólo ocho años después, en 1946 se había constituido en el PRI. Hoy el partido que en su inicio renovaba su denominación y ajustaba sus principios cada década, acumula ya 61 años sin cambios de fondo.
El cuarto factor que la ciencia política identifica como central para el éxito de los partidos sucesores es el co-gobierno. En 1990, después del colapso del bloque soviético, los reportes del Eurobarómetro señalaban que los ciudadanos asignaban a los partidos sucesores únicamente dos atributos positivos: experiencia y, parcialmente, efectividad. Los partidos sucesores no eran percibidos como honestos, modernos o impulsores del cambio. Las dirigencias de los partidos sucesores exitosos reaccionaron a esto y se convirtieron en fuerzas que, desde sus respectivos parlamentos, contribuyeron a la modernización, reforma institucional y construcción de alianzas para evitar la parálisis de gobierno; algo similar ha ocurrido con los sucesores asiáticos. Esos partidos no podían arriesgar perder los únicos atributos a partir de los cuales era posible construir su regreso al poder. En este punto, es obvio que el PRI no ha acabado de definir si será un motor de alianzas que transformen al país y le den efectiva gobernabilidad, si pactará de manera casuística o si será parte de un gran bloque opositor. En cualquier caso, la ciencia política marca la ruta que tendería a ser más exitosa para el partido.
Hasta aquí los cuatro aspectos esenciales para un partido sucesor en su construcción de una mayoría que le permita ser gobierno. Sobra decir que su pertinencia para el caso mexicano ha sido ampliamente discutida y validada a nivel internacional. Sin embargo, en el debate académico y político nacional, el concepto mismo de partido sucesor ha estado ausente y ha triunfado la falsa percepción de un PRI que enfrenta una situación única y no existen, por tanto, experiencias internacionales de las cuales derivar lecciones o ideas para el momento crítico que hoy vive la tercera fuerza política nacional.
La agenda es muy precisa: ciudadanización, nueva alianza con sus organizaciones afiliadas, refundación ideológica y posicionamiento responsable en la gobernabilidad de la joven democracia. Queda, sin embargo, un último aspecto para la reflexión del lector. Los partidos sucesores, cuando enfrentaron la imperiosa necesidad de renovar a fondo su dirigencia, optaron por dirigentes relativamente jóvenes de la estructura provincial o carismáticos dirigentes de rango medio-superior de la estructura central que nunca habían figurado como personajes de primera línea del partido. En este último tema el PRI deberá evaluar hasta dónde puede renovarse a partir de rostros ya conocidos y las probables exigencias de acción rápida y contundente en la reforma interna que ello implicará.
Bibliografía
Carrillo, U. (2002) "Variables para Explicar el desempeño electoral de los partidos sucesores, 1990-2000", mimeo , México: ITAM.
Cheng, T. (2006) "Strategizing Party Adaptation: The Case of the Kuomintang", Party Politics , 12:3, 367-394.
Grzymala-Busse (2002) Redeeming The Communist Past: The Regeneration of Communist Parties in East Central Europe , Cambridge: Cambridge University Press.
Ishiyama, J., ed., (1999) Communist Successor Parties in Post-Communist Politics , Reino Unido, Nova Science.
Mahr, A. y Nagle, J. (1995) "Resurrection of the Successor Parties and Democratization", Communist and Post-Communist Studies , 28:4, 393-304.
Orenstein, M. (1998) "A Genealogy of Successor Parties", East European Politics and Societies , 12:3, 467-495.
* Ulises Carrillo es i nvestigador de la Universidad de Oxford, ulises.carrillo@merton.oxford.ac.uk y Vicepresidente de RE: Gerencia del Poder , Gabriela López es investigadora del Tecnológico de Monterrey y consultora en campañas políticas |