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> El "partido sucesor" que el Pri necesita

 

 

 

La Campaña de la Nueva Mayoría Ciudadana
por Ivonne Ortega Pacheco

 

En enero de 2007, el Partido Revolucionario Institucional, nuestro partido, se encontraba 19  puntos atrás en las preferencias ciudadanas para elegir al nuevo gobernador de Yucatán. Básicamente ningún analista y muy pocos actores políticos consideraban posible el triunfo de mi candidatura.

Cinco meses después, en la medianoche del 20 de mayo, el voto popular me otorgó un triunfo con más de 8 puntos de ventaja y una mayoría absoluta del apoyo del electorado. El PRI conquistó, también, 13 de los 15 distritos locales.

La victoria que construimos en Yucatán transformó, así sea de forma modesta, el mapa político nacional y demostró que nuestro partido sigue siendo una fuerza política competitiva aún en los escenarios más difíciles.

Si el resultado de la elección de Yucatán tuvo efectos positivos para el partido más allá de la propia entidad, es nuestra obligación como militantes y como hombres y mujeres preocupados  por el destino del país, analizar a detalle lo ocurrido e identificar algunas lecciones o experiencias que pueden ser relevantes para futuras contiendas electorales.

Empecemos, entonces, por revisar las características del triunfo obtenido. En Yucatán se ganó la elección con el voto de jóvenes con educación por encima del promedio estatal y con el voto de mujeres en áreas urbanas.

La eficacia electoral no se limitó a zonas rurales, a sectores con poca escolaridad y tampoco al electorado de mayor edad. El PRI logró conquistar las preferencias de sectores de la población que se consideraban imposibles de atraer por nuestra organización.

Se obtuvo la victoria en una elección con un porcentaje de participación ciudadana superior al 70 por ciento  y que en muchos municipios rebasó el 90 por ciento. Ganamos en una elección con una participación ciudadana récord, y ello también se consideraba como un imposible para el PRI.

En Yucatán el voto de opinión superó en mucho al voto duro o corporativo, se ganó con el voto ciudadano sumado al voto de las estructuras.

Un dato adicional que debe analizarse es el voto dividido. Casi un tercio de los electores votaron por distintos partidos en distintos niveles de gobierno. Lo anterior nos habla de electores sofisticados en la toma de decisiones y del fin de la adhesión automática al partido.

Como candidata a la gubernatura obtuve 35 mil votos más que la suma de todos los votos obtenidos por los candidatos a diputados, el candidato derrotado de Acción Nacional obtuvo 9 mil votos menos que los obtenidos por sus candidatos al Congreso.

La ciudadanía votó por candidatos y, también ahí, se creía que el PRI enfrentaría un escenario adverso. Un dato que no debe omitirse en este escenario de voto dividido o diferenciado, es el triunfo que obtuve en Mérida  después de 17 años de candidatos a la gubernatura que eran derrotados en esa ciudad, obteniendo incluso más votos que el candidato a alcalde que finalmente resultó ganador.

Así, en mi opinión tres son las preguntas esenciales que debemos contestar:

  • ¿Cómo fue el PRI capaz de conquistar el voto urbano, joven y educado?
  • ¿Cómo fue capaz de conquistar el voto de opinión que le otorgara el triunfo en un escenario de alta participación ciudadana?; y
  • ¿Cómo fue posible eliminar la imagen de un Partido Revolucionario que no podía cambiar y que ya no tenía nada que ofrecer a la ciudadanía y a los jóvenes?

Mi respuesta a esas preguntas se centra en la forma como fue concebida la propia lógica de la campaña. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que el esfuerzo electoral que encabecé se construyó sobre cinco pilares básicos:

  1. Un partido cohesivo que mantuvo su unidad, sin que ello implicara poner en riesgo la sana diversidad de opiniones que deben existir en una organización.
  2. La creación de una estructura territorial y de voto focalizado que asegurara la presencia permanente de la campaña en cada municipio y en cada colonia, y que fuese capaz de llevar a cada puerta los mensajes y propuestas.
    Una estructura construida con una participación amplia  y decidida de los jóvenes.
  3. La constitución de un equipo de campaña incluyente, que representara a todas las fuerzas políticas internas, que trabajara en coordinación estrecha con todos los candidatos y que tuviese verdadera capacidad de ejecutar y tomar decisiones estratégicas.
  4. El diseño de una estrategia de comunicación construida alrededor de propuestas de gobierno serias y sentidas para la ciudadanía. Una estrategia de comunicación positiva que no cayera en la confrontación y que nunca renunciara a llevar la iniciativa en los temas de discusión y análisis en los medios.
  5. Una campaña de contacto directo entre la candidata y la gente. Trabajo casa por casa y colonia por colonia, tratando de llegar personalmente al mayor número posible de ciudadanos. Una campaña sin barreras, vallas o presidiums que discriminaran entre los candidatos y los ciudadanos. Un liderazgo surgido de la sensibilidad humana  y la modestia, y nunca de la arrogancia o la indiferencia.

El triunfo en Yucatán demandó también entender que para ganar se requiere combinar en un solo esfuerzo coordinado al partido, a la campaña, al candidato y la suma de los ciudadanos.

La base de un partido que mantuvo su unidad permitió centrar los esfuerzos de campaña en lo realmente importante, esto es, la construcción de un proyecto ciudadano.

La cohesión interna dio también fortaleza a las estructuras de trabajo electoral que podían sumar a todo el partido y a todos los candidatos en sus tareas, con la certeza de que todos perseguían una misma meta común. Una estructura fuerte, a su vez, permitió tener información precisa sobre los ciudadanos, sus demandas y necesidades y esos datos se convirtieron en una verdadera radiografía social y política del estado.

Sin embargo, y esto quiero ser muy clara, esos esfuerzos de nada hubiesen servido sin el convencimiento de la ciudadanía que esta era una campaña, un partido y un proyecto diferente.

La ciudadanía creyó en nuestro esfuerzo de renovación y de hacer las cosas de manera distinta si se nos daba la oportunidad de volver a gobernar. Ésa y no otra fue la clave del éxito.

Para recuperar la confianza de los electores, tuvimos que hacer una campaña abierta e incluyente y, sobre todo, comprometernos con un proyecto de gobierno que sumara a todos los sectores sociales y a todas las regiones del estado, a ese cambio le denominamos la Nueva Mayoría Ciudadana.

Así, ser candidata de la Nueva Mayoría Ciudadana me exigió decir siempre las cosas que hasta entonces muchos sabían, pero todos callaban. Demandó contestar las preguntas ciudadanas sin evasivas, de forma directa y estableciendo un compromiso en cada punto.

Exigió también dar garantías, por escrito, de que cada oferta se cumpliría. Para decirlo de manera simple, dar vida a la nueva mayoría ciudadana, implicó hablar con la verdad, no rehuir temas, estar perfectamente informado de la problemática del estado y proponer soluciones viables y que resistieran la crítica y el escrutinio público.

La tarea no fue fácil. Menos aún cuando otros partidos lanzaron una guerra sucia en contra de mi campaña y de mi persona. En este punto deseo hacer una serie de importantes reflexiones.

La tentación de responder a una campaña negativa es enorme; siempre será más sencillo destruir que construir, siempre será más fácil agredir al adversario que demostrar la valía del proyecto propio.

Sin embargo, responder a la guerra sucia significa renunciar a la iniciativa en la campaña. En mi caso, mi decisión para mantener una campaña positiva fue absoluta y en ello debí oponerme a muchas opiniones de asesores y miembros de mi equipo de campaña que sugerían responder a las agresiones.

La mejor respuesta que se pudo construir a los ataques fue aprovechar ese espacio para dar a conocer mis propuestas.

Mientras los adversarios desperdiciaban tiempo y recursos en calumnias y con ello perdían coherencia en su propuesta de gobierno, el mantener mi esfuerzo alrededor de ofertas de política pública me dio la iniciativa en el debate público.

Mientras el partido rival se centraba en contar una versión distorsionada del pasado, yo construí una campaña sobre el futuro y sobre lo que sí podíamos lograr.

Jugar limpio y apostar por una democracia de resultados y no de concurso de popularidad permitió que hacia el final del proceso electoral fuese yo quien presentará las propuestas y otros candidatos quedaran limitados a opinar sobre lo que yo proponía.

En una síntesis simple, puedo decir que muchos de los ataques de mis adversarios a mis ofertas de programas de política pública, únicamente sirvieron para que la población conociera mejor mi proyecto y decidiera sumarse al mismo.

Aportar por una democracia donde lo que triunfe sean los propuestas y el mérito propio, y no la imagen o la mercadotecnia fue la clave del triunfo en Yucatán. No podemos faltarle el respeto a la gente. Candidatos de papel o de medios electrónicos son en realidad un insulto a la capacidad crítica y de análisis de los ciudadanos.

Yo tengo la plena convicción que los candidatos del marketing correspondieron a una etapa de la democracia mexicana que duró muy poco y que, afortunadamente, ya quedó atrás.

Los ciudadanos, producto de la alternancia y de la maduración de los valores democráticos, son ahora más analíticos en su voto y piensan cuidadosamente sobre lo que cada candidato ofrece.

Las ofertas populistas o irresponsables ya no son viables, los electores y la opinión pública son cada vez más exigentes, pero el candidato que pone temas y soluciones relevantes y viables sobre la mesa, es el que tendrá las mejores posibilidades de victoria.

Nunca un buen candidato debe quedarse en la imagen, debe tener sustancia y contenido.

Un último tema  debo abordar en esta reflexión sobre el proceso electoral de Yucatán: la movilización electoral el día de la elección.

En toda democracia desarrollada, en Europa y en los Estados Unidos, es imposible pensar en el triunfo sin una estructura de militantes, voluntarios y ciudadanos altamente motivados para invitar a la ciudadanía a votar.

Una campaña honesta y propositiva permite ganar la confianza del electorado, pero se requiere que a ese elector motivado se convierta en un votante efectivo, para lograrlo la organización, la buena planeación, el uso de tecnologías modernas y el esfuerzo logístico son insustituibles.

Nadie puede ganar una elección sin partido y sin estructura, aunque también debe tenerse claro que la estructura y el partido no bastan.

Si se tiene organización y planeación del esfuerzo de movilización y esa movilización es transparente, legal y ética, entonces lo único que hace falta es una ciudadanía motivada y lista a ser parte de la movilización y no un simple público objetivo y pasivo.

Para lo anterior hace falta convocar a anhelos de la ciudadanía y demostrar que su emisión del voto es un paso fundamental para lograr el desarrollo colectivo. Un candidato no puede limitarse a su imagen, eso ya lo dejé claro; pero tampoco puede quedarse en las propuestas solas o aisladas.

No basta con presentar un plan de gobierno u ofertas en las áreas que a la gente más le interesan. Un candidato exitoso debe ser capaz de construir un sueño posible, debe ser capaz de despertar en la ciudadanía el compromiso con un futuro que está al alcance del trabajo duro y dedicado.

La democracia no puede limitarse a una subasta de propuestas de gobierno. Los candidatos ganadores, y eso es lo que se demostró en Yucatán, deben ser capaces de articular grandes proyectos colectivos.

La construcción de esos grandes proyectos que nos digan qué se pueden avanzar y que expliquen cómo lograrlo, son los factores que atraen al voto joven y al voto urbano. La ciudadanía quiere una democracia de resultados que cambien su vida, y ese fue el compromiso que llevo al poder a la Nueva Mayoría Ciudadana de Yucatán.

Así, en suma, si me pidieran sintetizar las lecciones aprendidas en Yucatán que pueden servir al partido, yo las sintetizaría de la siguiente forma.

Unidad en el partido, pero unidad con pluralidad de opiniones. Organización ejemplar de las estructuras y de los voluntarios del esfuerzo electoral. Coordinación estrecha entre los equipos de campaña de todos los candidatos. Comunicación política basada en la propuesta. Campañas de medios positivas y honestas, que no rehuyan las preguntas o temas difíciles. Movilización ciudadana el día de la elección, pero que esa movilización sea construida sobre la motivación y no sobre el corporativismo.

Finalmente, no renunciar a la utopía de que la democracia debe servir para construir los grandes proyectos colectivos y que nuestro partido puede ser el gran constructor de la nueva democracia mexicana.

En ese sentido, el candidato tiene la obligación de contestarse a sí mismo para qué quiere ganar la elección, ya que de esa respuesta dependerá el tipo de campaña a construir y los aliados con los que se puede contar.

Sin embargo, ni el mejor proyecto, ni la más amplia de las alianzas podrán obtener la victoria, si el candidato y la campaña no mantiene un orden mínimo en su accionar e integran la evaluación y la alineación de las prioridades de trabajo como una rutina cotidiana.

En todo caso, ni partidos ni candidatos deben olvidar que las victorias electorales que sirven a las  democracias, son aquellas que generen proyectos que estén en el gobierno y, también, en el poder. Proyectos con mandato para hacer realidad cambios y obtener resultados; los resultados económicos y sociales que la gente ya no puede seguir esperando.

Por eso, como cierre de esta intervención quisiera señalar que el PRI debe hoy ser capaz de generar una estrategia ganadora que le permita volver a ser mayoría nacional,  y esa estrategia pasa, primero, por una verdadera reforma de su identidad y proyecto como partido político. En Yucatán esa fue la ruta, una ruta probada en un escenario político competido y ante una ciudadanía crítica y bien informada.

Es derecho y obligación de los priístas despertar a las nuevas exigencias de la competencia por el poder y, sobre todo, entender que el PRI no tiene asegurado su futuro político de forma automática.

La ruta que permita al PRI recuperar el sincero respaldo ciudadano no será fácil, pero es indiscutible que nos toca empezar a recorrerla a nosotros y no a futuras generaciones de militantes. Es un hecho que el PRI debe cambiar, pero cambiar no significa desparecer o sumergirnos en la crisis. Cambiar significa entender los desafíos del nuevo tiempo y volver a ser el partido mejor preparado para enfrentarlos.

El PRI debe cambiar para seguir siendo fiel a su tradición de innovación, de lectura correcta de los tiempos sociales y económicos, un partido fiel a su historia de ir un paso adelante de los grandes problemas nacionales. Esa es nuestra verdadera experiencia y efectividad: la efectividad de saber cambiar y nunca la simple operación política.

No dejemos que nos encajonen y no nos auto-encajonemos como el partido de simples operadores políticos, sin nuevas ideas y proyectos que aportar el país. No caigamos en el miedo o en los ajustes internos de cuentas. Este partido y sus militantes son más grandes que las etiquetas que nos quieran colgar o que los intereses individuales que nos quieran dividir.

No tengamos miedo de hacer lo que es necesario y urgente para volver a tener a la mayoría con nosotros: los mexicanos y los priistas sabemos lo que hay que hacer y tenemos el valor y, sobre todo, la decencia para hacerlo.

Es nuestro deber, aquí y ahora, renovar el vínculo entre el proyecto de nuestro partido y los anhelos de los mexicanos. Nos toca a nosotros hacerlo, es nuestro irrenunciable deber.  Es nuestra obligación con México, con su gente y con el Partido Revolucionario Institucional.

 

D.R. localconsultores, México, 2007
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